“¿De verdad necesitamos dosificar lo que sabemos que alivia el alma? ¿No sería mejor aplicarlo generosamente, tantas veces como sea necesario?”
EL UNGÜENTO
Hace algunos días decidí establecer una rutina de
ejercicio. Tengo cuarenta y tantos años, y mis hábitos de cuidado personal no
son precisamente los mejores. Tanto así, que por una mala maniobra me torcí el
pie. El dolor era insoportable. En cuestión de segundos, el cuadro pasó de
grave a trágico: además del dolor, la zona se inflamó y amorató. “¡Dios!”,
pensé, “¿ahora cómo alivio esto?”.
Pude incorporarme y caminar con algo de dificultad.
Me dolía, sí, pero podía moverlo hacia la derecha, izquierda, arriba, abajo e
incluso hacer círculos. También podía apoyarlo. Al llegar a casa, empecé a
enviar mensajes, especialmente a personas que sé que han lidiado con
torceduras, golpes y contracturas por hacer ejercicio, preguntando cuál era el
mejor remedio: algo que redujera la inflamación y el dolor y que, además, fuera
fácil de conseguir.
Las respuestas no tardaron en llegar. Para
elegir, me basé por dos criterios simples: la frecuencia de la mención y la
jerarquía en cuanto a orden. Claro, la opción ganadora resultó ser también la
más cara: un ungüento cuyos ingredientes se describían como naturales y con
propiedades casi mágicas. “Bueno”, pensé, “si es tan efectivo como dicen y me
quita el dolor, vale la pena la inversión”.
Sin
demora fui a buscarlo. Ni siquiera esperé a llegar a casa: me senté en el
coche, me quité el tenis y la calceta, leí las indicaciones y ahí estaba, en
mayúsculas:
“APLIQUE EL PRODUCTO EN LA ZONA AFECTADA GENEROSAMENTE TRES VECES AL DÍA”.
Generosamente… sin escatimar. Hice exactamente lo que indicaba. Y como por arte
de magia, empecé a sentir alivio. El dolor cedía y la hinchazón disminuía.
Los seres humanos llegamos al mundo sin un manual
de instrucciones. Lo que elegimos hacer o no hacer es parte del aprendizaje:
ensayo y error, experiencias, aciertos y equivocaciones. Quitamos o ponemos,
reservamos o compartimos. Pero… ¿y si tuviéramos un manual? ¿Y si viniéramos en
una caja, con instrucciones claras? No sé si sería mejor o peor, pero de
existir ese manual, me gustaría que la primera indicación fuera igual a la de
mi ungüento mágico:
"Aplíquese con generosidad, tres veces al día o tantas veces como sea
necesario."
¿Y qué se aplicaría con generosidad? La ternura,
pienso. Las palabras amables, la empatía, la esperanza, la bondad. Y luego, el
compartir. Estoy convencida de que el mundo sería mucho mejor, más humano, más
llevadero.
Porque hoy damos a cuentagotas. Medimos todo: el
tiempo, las palabras, la comida, el dinero… ¿Dónde queda la generosidad? ¿Está
en peligro de extinción? ¿O guardada bajo llave, por miedo a volvernos más
vulnerables, más humanos, más necesitados unos de otros? No debería ser así.
Y los abrazos… esos que llegan de pronto, cálidos,
con un “te extrañé” o un “me da tanto gusto verte”. ¿Y qué decir de la presencia
y el encuentro que dice nada y cura todo?
¿De verdad necesitamos dosificar lo que sabemos que alivia el alma? ¿No sería
mejor aplicarlo generosamente, tantas veces como sea necesario?
No sé si mis palabras fueron suficientemente
generosas para transmitir el mensaje. Lo cierto es que ese ungüento me dejó una
gran lección de vida. Y ahora quiero ser como él.
Sam.
Comentarios
El ungüento es un buen ejemplo de cómo se puede iniciar en los senderos literarios a partir de experiencias, de observaciones y de reflexiones personales.
Samantha, te felicito por ese pequeño grande paso que das al unirte a este Colectivo que espera más relatos tuyos.
Pero también esperamos tus comentarios
Saludos y bienvenida. José Manuel Frías Sarmiento
Y felicidades por tan bonito texto que nos regalas hoy!!!
Como dice el maestro Frías, esperamos más textos tuyos y comentarios también, que es un aliciente para todos los escritores. Realmente son muy valoradas las opiniones de los demás.
Disfruta tu estadía en este Blog.
Saludos!!!