Maratón por la Lectura: Paz, Cultura y Futbol

“Los mejores partidos no son en esos grandes estadios. Son aquellos que se esconden en el barrio, porque incluso cuando falta un balón, siempre habrá con quien sentarte a pasar el rato”






ALGO MÁS QUE FÚTBOL

 

Judith Fernanda Berrelleza López

 

¿Dónde ocurren los mejores partidos de fútbol? ¿Será en esos grandes estadios? Donde han pateado el balón los mejores de los mejores, esos que salen en unas tarjetitas que los aficionados buscan para completar su álbum. Tal vez sea así, pero hay un lugar donde incluso con el más pobre del equipamiento, cada partido se siente de vida o muerte, no es solo perder un partido, es perder más que el honor. Sí, hablo de ese lugar donde la portería es cualquier cosa que te encuentres, botellas, piedras, lo que sea. Donde los jugadores juegan sin uniforme, sin número, sin árbitro, en esos partidos donde te quitas los zapatos para correr más rápido. Donde el equipo es familia, y el sol te baña, o eso parece porque acabas empapado.

Sin duda, los mejores partidos se esconden entre los lugares menos esperados, con porterías medidas a ojo, porteros ambulantes para equilibrar las condiciones de los equipos y con balones algo desinflados que trae alguien de su casa, a quien no puedes hacer enojar porque se acaba el juego.

Después de tanto correr, gritar y tal vez quedarte sin aire por el balonazo que te dio alguien que te dobla el tamaño, viene eso que te motiva a ir por la victoria durante el juego… el refresco, hielito o sabritas que disfrutarás a costa del equipo perdedor. Aunque al final de cuentas todos acaban comiendo, porque aquí no somos avariciosos, y como nos han enseñado desde siempre, lo importante es compartir.

Las conversaciones que ocurren mientras el sol baja y nos acomodamos debajo de la sombra más cercana, compartiendo chistes, hablando de todo y a la vez de nada, no hacen más que confirmar que al final, somos amigos disfrutando de una pasión compartida, donde no todo se trata del juego, sino de quienes le dan vida: aquellos que entrenan todas las tardes porque quieren ser grandes futbolistas, quienes solo vienen a pasar el rato con sus amigos, también esos que nunca faltan a la retas porque es el único momento en el día en el que no están solos y, en algunos casos, más comunes de lo que nos gustaría admitir, están quienes lo dan todo en cada partido para no perder contra las drogas.

Nadie dice nada porque es de esas cosas que nos han enseñado que se luchan en silencio. Pero hay un extraño sentimiento en saber que alguien está intentando dar lo mejor de sí mientras se encuentra al borde de un abismo que parece hacerse cada vez más profundo. De pronto cada partido juntos cobra más sentido, porque nadie es solo un jugador, ni es solo un juego, hasta podríamos decir que es un acto de resistencia en un mundo al que le disgusta vernos unidos.

Hay tantas razones como circunstancias que provocan estar detrás del balón, esperando en la portería o echando porras desde las orillas, donde, aunque sea por un momento, no sientes nada más que la adrenalina que cosquillea y te impide quedarte quieto. Sin pedirlo vives experiencias que te impiden ser la misma persona de antes, como sí descubrieras una parte desconocida de ti, una más sensible y libre, que te deja festejar junto a cualquier persona, gritar de emoción, ya sea porque estás muy feliz o extremadamente enojado.

Así que no, los mejores partidos no son en esos grandes estadios. Son aquellos que se esconden en el barrio, porque, incluso cuando falta un balón, siempre habrá con quien sentarte a pasar el rato.





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