Maratón por la Lectura: Paz, Cultura y Futbol
“El fútbol tiene esa capacidad de unirnos en alegría, pero también en dolor”
A ONCE
AÑOS DEL "NO ERA PENAL. "
Yazmín Lares Salazar
A mi
hermano le encanta el fútbol; es más, puedo decir que hasta vive por él, pero
yo nunca entendí qué tiene de especial. Para mí, el hecho de correr detrás de
una pelota era muy estúpido, algo sin sentido. Quizás fue porque nunca lo
jugué: simplemente observaba. El movimiento de las piernas, las patadas, la
pelota rodando de lado a lado tratando de entrar en una portería. No lo
entendía hasta que un domingo a las 11 de la mañana en 2014, por fin pude
sentir la magia del fútbol, en aquel partido México contra Holanda.
Recuerdo
la energía nerviosa y eléctrica que se sentía en la casa esa mañana. Nos
despertamos temprano para limpiar porque toda mi familia había acordado
reunirse en nuestra casa para poder mirar el partido.
Poco a
poco fueron llegando mis tíos y primos. La comida y la bebida se pasaba
mientras nos hacíamos bola en la sala. Apenas y había espacio. Recuerdo que me
tocó sentarme en los pies de mi hermano mayor, casi como si fuera la mascota de
la casa. Debo de ser honesta y decir que no puse atención en nada del juego:
solo comía mientras miraba la pelota ir de un lado a otro. Sentí que el corazón
me latía fuertemente mientras observaba las caras de los demás. Yo no entendía
nada de fútbol. Lo único que sabía era el concepto de gol y ya. No sabía qué
ameritaba una falta, qué significaba que se fueran a penales, etc.
Mi
hermano siempre decía que el campo de fútbol era un lugar donde el tiempo no
cuenta, se paraliza para inmortalizarse. Para mí, esas palabras no tenían
sentido, hasta que, poco a poco, la atmósfera de la habitación comenzó a
cambiar. Primero lo sentí en el cuero cabelludo: un impulso eléctrico que hizo
que los ojos se me abrieran de golpe. Inconscientemente, el cuerpo se inclinó
hacia adelante. Sentí que se me puso la piel de gallina, como si me estuviera
preparando para presenciar un momento histórico, algo que no se iba a repetir,
y no podía apartar la vista de los jugadores.
Ni
siquiera recuerdo alrededor de qué minuto se anotó el primer gol. Todos se
pusieron de pie y gritaron el tan esperado "GOOOOOOOOOOL". Apenas y
pude reaccionar antes de que mi hermano me estrujara entre sus brazos. Lo sentí
de golpe cuando lo miré: la sonrisa ancha, las mejillas rosadas y los ojos
cristalinos. El corazón me latió rápidamente y volteé a ver a los demás, que
portaban una expresión similar. Se abrazaban como si el triunfo hubiera sido de
ellos, y por un instante yo también me sentí así. Eufórica, me abalancé sobre
mi hermano mientras reíamos. ¿De qué? No lo sabía. Solo sentía una sensación
rara en la boca del estómago.
Mientras
mi hermano me seguía abrazando, se rió y me volteó a ver antes de soltar un
"¿viste, Min?". Yo solo asentí con una sonrisa. Entendí que se
refería a la emoción y no al juego en sí. Puede sonar estúpido, pero realmente
uno se siente parte gracias al juego. Se eleva el orgullo y el patriotismo.
Quizás sentía un rechazo al fútbol porque pensaba que era aburrido y solo había
gritos y ruidos muy fuertes que me molestaban, pero durante ese juego hasta me
sorprendí gritando junto con todos.
Lastimosamente,
la historia no acabó en un momento feliz y nuestro equipo terminó perdiendo.
Recuerdo lo feo que sentí cuando miré a mi familia llorar. Aunque creía que era
algo tonto, entendía que era algo que los apasionaba. Esa sensación no solo la
sintió mi familia, sino también todo el país, porque nos dimos la oportunidad
de soñar y, durante la mayor parte del partido, creímos que lo teníamos en la
bolsa. Hasta que un gol de uno de ellos, un tal Sneijder, tensó a todos. Y
después, el tan debatido penal.
Todos
en la habitación empezaron a gritar, y el tiempo sí se detuvo, pero se quebró.
Es más, hasta se sintió que nunca fue de nosotros: fue prestado y tomado de
vuelta de la peor manera. Trayendo abajo no solo a mi familia en la sala, sino
también a una nación entera. En segundos narrados miramos cómo una ilusión se
esfumaba. El gigante europeo terminó aplastándonos con una crueldad que hizo
llorar hasta al más fuerte.
Nos
dejó sedientos de demostrar que sí podíamos, que teníamos derecho a ilusionarnos.
No fue suficiente luchar con todo, entregar el corazón y hasta la última gota
de sudor para poder seguir. Ese día México lloró unido. Ese penal no solo
rompió las esperanzas de seguir adelante en otro partido, sino también la de
demostrar que sí éramos capaces de cambiar nuestra historia. Que por una vez
solo queríamos llegar más allá, dejar de ser el eterno desfavorecido. El fútbol
tiene esa capacidad de unirnos en alegría, pero también en dolor.
Yo no
lo entendía, pero cuando la sala se cubrió de un silencio gélido, me quedó aún
más claro. Lloraba no por el juego en sí, sino porque me sentía humillada,
vulnerable, como si estuviera viviendo un luto.
En la
sala de mi casa, hace 11 años, entre los brazos de mi hermano, quien sollozaba,
sentí algo que no se puede poner en palabras, pero que tampoco quise
cuestionar. Entendí el verdadero propósito del fútbol.
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